Caleta Colorada: entre el desierto, la bahía y el océano

Finalmente se detuvo.

La combi atestada de pasajeros y aire viciado por el calor del verano y el polvo del camino que serpenteaba atravesando lomas, médanos y planicies del desierto costero, concluyó su recorrido con un frenazo casi en seco justo en donde terminaba el paisaje en el que dominaba la tierra para dar paso al azul verdoso del mar ancashino.

En el trayecto, que pareció durar un poco más por el mal estado en el que estaba la vía, los pasajeros no sabían si abrir o cerrar las ventanas ,así que las dejaron a medias: medio abrir y medio cerrar. Y así, en medio de la pampa que atravesamos, bajo el sol de mediodía que golpeaba con fuerza el techo de la carrocería haciéndonos transpirar, las ventanas  – a medias – dejaban entrar ráfagas de viento fresco, soplando de un momento a otro desde un mar cercano que todavía no podíamos ver.

Aunque con el fresco regalo de la brisa, también muchos pasajeros poco afortunados – entre los que me incluyo – podíamos sentir la piel del rostro siendo abofeteado por miles de diminutas partículas de arena desértica, proyectadas hacia nosotros por la potencia del viento. Turnándose con éstas, llegaba además el indeseable polvo que molestaba al respirar, causaba accesos de tos de algunos niños y que la chica del asiento de al lado tape su nariz y boca con un pareo que extrajo de su bolso.

El súbito final de nuestro recorrido de veinte minutos desde la pequeña ciudad de Nuevo Chimbote, arrojó hacia el interior de la combi una última y pesada andanada de polvo, dejando a los pasajeros  – y a mí también – a punto para el baño purificador en la playa hacia la que íbamos.

Caleta El Dorado

A partir de ahí, y luego de un par de ranchos en medio de la nada, muchas rocas filosas de color oscuro y arena de color amarillento salpicada de conchuelas de colores molidas, el paisaje marino se extendía dominante y triunfante. Y no con monotonía, sino en una serie de variadas y caprichosas formas en las que el océano parecía enfrascarse en un eterno y milenario duelo con la tierra y las rocas, dejando como saldo islillas, ensenadas, puntas  de muy variadas formas que hacían de esas playas una interesante variedad para la vista.

La bahía de Samanco – en la que nos situábamos –  queda inmediatamente más hacia el sur que la bahía de Chimbote o bahía del Ferrol, cuya recuperación urge y sigue siendo postergada por decenios desde el grave impacto de una época dorada de extracción indiscriminada de recursos (con un inusitado y desordenado movimiento demográfico y económico)  que dejó finalmente viejos recuerdos de prosperidad, y muchos sueños inconclusos de una ciudad casi – industrial.

A diferencia de ésta última, y protegida de alguna manera por la corriente peruana o de Humboldt, la bahía de Samanco, en la costa del norte peruano, aún se mantiene aparentemente limpia y saludable y es uno de los destinos preferidos de verano de los habitantes de las provincias y distritos aledaños.

La costa ancashina es particularmente accidentada. No olvidemos que a menos de 200 kilómetros en línea recta hacia el este, se alza en la cordillera blanca, el nevado más alto del Perú y el segundo de Sudamérica: el Huascarán. En algunos puntos de esa geografía intrincada, confluyen y se combinan los elementos para una playa bonita. Y hacia uno de esos puntos, íbamos nosotros.

Ya más confortados por la brisa, nos acomodamos como pudimos en una barca diminuta y bamboleante, amarrada por sogas gruesas y gastadas al final del muelle pequeño de esta caleta.

Vamos ya! Dijo una señora mayor de pelo mitad cano y mitad pintado.

Pero todavía el bote estaba medio lleno (o medio vacío quizás). Así que no nos fuimos…

La desesperante espera para que se “llene” el bote nos recordaba que no habíamos llegado todavía al final del recorrido. Unos 10 ó 15 minutos más separaban esa pequeña caleta casi despoblada llamada El Dorado,  del destino de nuestro viaje, que nos esperaba más allá de algunas playas rocosas.

Felizmente, bajo el sol ardiente del mediodía, ya nos conforta el viento. La brisa interminable que surge desde el infinito, desde el horizonte, refresca pero no calma la calentura de la piel ocasionada por las invisibles radiaciones y el calor del verano; por lo que muchos pasajeros y turistas aprovechamos la espera para aplicar abundante bloqueador en la piel al descubierto.

Todos a bordo

Como resultado final, una docena de apretujados cuerpos de rostros cómicamente blanquecinos partimos de este extremo de la costa luego que el motorista, un curtido pescador  – sin bloqueador y con la piel quemada y arrugada por décadas de brisa marina – arrancó el motor que parecía sostenerse de milagro de uno de los extremos de la pequeña embarcación.

Como niño, me reía curioso y tratando de disimular, observando las huellas blancas (y tan necesarias ahora) de bloqueador en las caras de los pasajeros. Parecían máscaras. Algunos sonreían, otros iban serios. O así eran sus caras, como me decía una gran amiga cuando le preguntaba por el motivo de su permanente seriedad.

Niños, mujeres y hombres de distintas edades con looks casi – playeros íbamos rumbo a Caleta Colorada. Ese era el nombre de la playa, de la que seguramente muchos de los viajeros ya habían visitado muchas veces.

Surcando las aguas tranquilas, todavía podíamos ver a lo lejos, a la combi vacía con el chofer dentro dormitando. También un leve movimiento en los ranchos desde los que se expendía agua, gaseosa, “trigo atómico” y golosinas para los visitantes de paso. También quedaban autos y camionetas estacionados en una planicie a pocos metros del mar, de algunos playeros que antes que nosotros, ya habían finalizado su recorrido terrestre aquí, antes del obligado recorrido marítimo o a pie.

Desde aquí a Caleta Colorada, aún no hay otro posible acceso carrozable.

La accidentada geografía de la costa de esta región hace imposible acceder en un vehículo a la caleta. En efecto, desde donde estábamos, la playa era una franja de pocos metros o inexistente que se diluía en roquedales, acantilados y afiladas y caprichosas formas pétreas de colores oscuros, grises, rojizos, marrones, azulados y e incluso verdosos, en algunos sitios en que la humedad del mar propiciaba pequeños espacios de vida para aves, crustáceos y moluscos, exactamente entre la tierra y el mar.

En el mar, muchos botes vacíos, y en tierra, pequeños grupos de caminantes que preferían llegar a pie hasta la caleta, subían con precaución por pequeños caminos que aparecían y desaparecían a la vista entre los cerros y la orilla. Esa caminata aparentaba no ser tan sencilla, por lo muy accidentado del terreno.

Algunos pasajeros conversaban en voz alta, tratando de escucharse más allá del ronroneo del motor en marcha, señalando a los viajeros a pie y suponiendo o afirmando quizá, que llegarían a la playa una hora más tarde que nosotros.

Para cuando rodeamos una última punta rocosa, los siempre versátiles pareos y toallas de playa se habían convertido ya en multicolores sombrillas que había que sujetar con fuerza para que no terminen en medio del mar, arrancados de nuestras manos por el viento veraniego.

Un lugar “caleta”

Al otro lado, ya en la orilla, grupos de personas y familias chapaleaban en trajes de baño a lo largo de una playa realmente no muy grande, que se extendía en una ligera curva entre elevaciones rocosas hasta fundirse de golpe con el mar.

Hacia el extremo más lejano, las llantas amarradas en un pequeño embarcadero esperaban al final de una especie de muelle hecho de piedras grandes apiladas.  Desde ahí, pasajeros veraneantes llegados inmediatamente antes que nosotros descendían del bote, y lo hacían paradójicamente subiendo, del bote al embarcadero para caminar por el muelle hasta la playa.

No le miento, ¡no tiene nada que envidiar al caribe! – decía con histrionismo la noche anterior uno de los dueños del hospedaje chimbotano en el que descansé antes de venir a la playa. Y para probarlo, mostraba unas imágenes desde su smartphone, orgulloso de  la fama creciente del pequeño balneario, y en un cordial ánimo de terminar de convencer a sus huéspedes para llegar hasta ahí.

Y en efecto, por instantes, la quietud de las aguas de esta pequeña ensenada, y su color en contraste con la arena, podían muy bien crear esa reminiscencia. Pero Caleta Colorada no es el caribe. Allí, en una costa no tropical, sino cálida y desértica, en medio de un paisaje rocoso y cerca de un puerto y una bahía contaminados, encontrar una playa aislada, limpia, abrigada y pacífica, fue descubrir un pequeño paraíso.

Nuestro conductor hizo un giro, sin ánimos ni paciencia para esperar el desembarco en curso y se acercó a la orilla a mitad de la playa, captando la atención de niños y personas de diversas edades que se bañaban en el mar calmo. Nosotros, los recién llegados, estábamos alertas a sus movimientos pero también con la mirada y los sentidos absortos en las características muy singulares de este pequeño rincón especial.

¿Por qué especial?

En medio de roquedales, esta breve playa es bonita, sin lugar a ninguna duda. Sus aguas calmas y de colores verde azulados claros, sus arenas, oscilantes entre un amarillo y suaves tonos blanquecinos. Su ubicación, y el solo hecho de estar ahí, escondida en medio de una costa marcadamente accidentada. Detrás y a unas pocas decenas de metros, playa adentro, se volvían a alzar cerros y elevaciones abruptas de color rojizo, que le dan nombre a este sitio.

Para ser sábado no había, afortunadamente, demasiados veraneantes. Me atrevería a decir que en su gran mayoría, de ciudades cercanas.

Saltamos del bote, algunos dando pequeños gritos de sorpresa al contacto con el agua, que pese a no ser fría, no llega a ser cálida como en nuestras playas más norteñas. Con el agua hasta las rodillas casi, y sujetando los bolsos, mochilas y kits de playa en alto para que no se mojen, los nuevos veraneantes de Caleta Colorada han llegado a destino.

Y ahora, a buscar sitio.

Sombrillas y perezosas se alquilan. No hay puestos de comida, sino que ésta se vende al paso por ambulantes, al igual que los helados o bebidas frescas. No hay casas cerca.

Los basureros, el fondo, repletos. Parece que en un buen tiempo nadie se lleva los desperdicios de la playa. Solamente un viejo cartel gastado por el sol advierte de manera poco creíble de una multa como castigo para quienes ensucien este rincón. También hacia atrás de la playa, una torre que parecía ser para salvavidas, se elevaba descuidada y vacía, sin nadie que pudiera salvarnos… Baños, al parecer había uno, en no muy buen estado cerca del muelle.

Y eso sí, algas. Algas verdes que uno puede evitar y que no parecen ser de ningún peligro para los bañistas. Pero que aparecen abundantes en algunos sitios, bajo el trasluz del agua casi transparente.

El mar es una piscina aquí – escuché decir a una recién llegada. Y sí. El mar siempre muy calmo. Ligeramente ondeante, sin olas grandes ni medianas. Uno ingresa unos pasos y se siente una pendiente ni tan pronunciada, ni demasiado suave. Simplemente perfecta para elegir la profundidad que uno desee.

El que quiere nadar, puede hacerlo sin tener que alejarse demasiado.

En la playa, no queda mucho espacio para jugar al fulbito o vóley playa. Y los visitantes parecen  – al menos este día – respetar la escasez de espacio.

Otros pocos, entre jóvenes y maduros, hombres y mujeres, están en el embarcadero, pescando o intentando hacerlo. Los botes vienen y van, en algunos momentos con mayor frecuencia pero jamás a un ritmo frenético. Caleta Colorada tiene lo suyo.  Es una playa del pueblo y allí, en ese pequeño espacio, uno ve gente relajándose siempre en modo playero: selfies, fotos, música (felizmente nunca tan estridente) unas pocas cervezas, juegos en la orilla, sombrillas, siestas, comida en plato descartable e incluso alguna que otra olla y táper que algunas familias traen de casa.

Final de un día genial

La playa no llegó a colmarse de personas, felizmente. La tarde y su color dorado nos sorprenden muy relajados, con la sal seca en el cuerpo y la piel tostada suavemente entre la fuerza del sol y la salada frescura del océano.

Únicamente el hambre que crece y parece corroborar la vieja y extendida creencia de que “la playa abre el apetito” nos motiva a regresar pronto. Pese a esa idea cada vez más presente emergiendo desde nuestro lado reptiliano, la modorra de la perezosa y el calor ya menguante de la tarde hacen que nuestros cuerpos todavía se resistan.

Una última infaltable vista es la que se aprecia desde las rocas de la zona más alta de la playa: un enorme cerro que se une con el mar y que fue nuestra puerta de entrada. Por estas estribaciones se aparece también zigzagueante la trocha por la que vimos llegar a los caminantes que se aventuraron en un recorrido terrestre. Algunos jóvenes con muchas energías – o quizá sin otra alternativa que ésta – emprenden ya su regreso por este mismo camino.

¿Vamos? – requerí sin dudarlo. Quería ver el paisaje desde arriba.

Vamos, es mucha gente…

Así que subí solo. Ya arriba, la vista impresionante del paisaje irregular y del emplazamiento de la playa, amén del viento que arriba ya golpea más enérgico, completan una visita a un lugar inolvidable.

Incluso llegué a pensar en sugerir el retorno por este sendero a fin de prolongar la estadía, pero yo mismo desisto antes de obtener respuestas, por lo imprudente que resultaba. Era tarde y el día acabaría pronto. Había que comer e irse.

El retorno en la barca, luego la combi, y finalmente un taxi – colectivo hasta la ciudad de Chimbote, ya es más ansioso. Imaginando un cebiche con pescado fresco extraído de estas aguas (o mejor un poquito más allá), o quizá un infaltable “combinoche” chimbotano, el viaje se hace más prolongado.

En medio del camino, y mientras tuvimos que esperar que los bomberos  (sí, nada menos) apagaran el fuego que humeaba abundante y amenazaba extenderse sobre la grama salada seca y salpicada de basura de las pampas adyacentes a la ciudad, pensaba en la caleta como un bonito destino de acampada.

Una experiencia muy bonita acampar en Caleta Colorada, serio ¡ah!  – recordaba decir a Armando, un joven que me contaba su visita a la playa años atrás. Esa vez descubrimos que en la noche, un animalito que pudo haber sido el muy muy, brilla de noche, con un color fosforescente…también conocimos un zorrito que aparentemente vivía en esa playa y que nos visitó un par de veces…Al día siguiente nos jugamos un partido de voley entre la selección local y la selección visitante, y disfrutamos de un sol tremendo y una playa con un mar muy tranquilo. – finalizó.

Recordaba también, que hace 5 años nomás, algunos medios hablaban de Caleta Colorada como la primera playa nudista del Perú. Inimaginable en un país doble moral e hipócrita como el nuestro. Una leyenda urbana, pensé.

Igual, ese lugar frágil, encantador, pequeño y sencillo, pero también grandioso y conservado como muchos entornos naturales quizá por hallarse casi escondido, no necesita de historias extraordinarias para ser un sitio en el que vale la pena pasar una agradable tarde de verano.

El célebre, infaltable , y casi inevitable “combinoche” 

Cómo llegar

Única ruta:

  • El primer punto de referencia es Nuevo Chimbote (km. 425 de la Panamericana Norte), distrito de la provincia de Santa ubicada a menos de diez minutos de Chimbote, la ciudad más importante de la costa de la región Ancash.
  • Si vamos en transporte público, ya sea llegando desde Chimbote o desde el sur, hay que preguntar por el paradero a caleta El Dorado, ubicado cerca de la Panamericana Norte a la altura de Villa María. De ahí parten combis hacia este lugar.
  • Desde Villa María (Nuevo Chimbote) hay una vía carrozable algo descuidada y a veces muy arenada, que luego de unos 20 minutos nos lleva a un lugar llamado Caleta El Dorado. Este es un poblado de pocas casas muy rústicas, un embarcadero y muchos botes pequeños. Si vamos en vehículo propio, este es el final de la ruta. Los autos se pueden guardar o “encargar” por un módico costo.
  • De caleta El Dorado hay una opción principal y una alternativa: la primera es tomar un bote que desde el embarcadero y que en unos 10 ó 15 minutos (cuando se llene, no olviden) nos lleva hasta Caleta Colorada.
  • La segunda opción para los que tienen más tiempo y energías es caminar por un sendero algo sinuoso hasta Caleta Colorada por casi una hora. Subiendo, bajando y a veces esquivando.

 

Bahía de Samanco, punto aparte y tarea pendiente para la conservación

Resulta interesante saber algunas cosas acerca de esta bahía que, para todos los que no lo sabíamos, es una de las que mayor biodiversidad posee en el país.

 

Caleta Colorada en la web y redes sociales

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2 pensamientos sobre “Caleta Colorada: entre el desierto, la bahía y el océano

    1. ecoprensa Autor

      Hola Laura, disculpa la demora en nuestra respuesta. Hasta donde sabemos, sí es posible acampar en Caleta Colorada pero ojo, que es un lugar al que sólo se llega de dos formas posibles: caminando y en bote. Recomiendo día de semana por la enorme afluencia de público los fines de semana de verano. Gracias por visitarnos y si ya han ido por estas tierras, espero lo hayan pasado muy lindo, saludos!

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