La Piedra Lisa y el viaje que empezó en donde terminó

Dos días y una noche de comunión con el bosque, la tierra y el cerro cielo en la Piedra Lisa, Refugio de Vida Silvestre Laquipampa

Piedra Lisa, Marzo de 2016.

Me enteré del lugar llamado La Piedra Lisa por una muy entusiasmada viajera que sugirió una visita al lugar en un feriado largo de semana santa.

Confieso que en un inicio, la idea no me entusiasmó demasiado. La ruta de «La Piedra Lisa» se encuentra dentro del área protegida de Laquipampa, del distrito andino de Inkawasi, una casi desconocida y alejada jurisdicción de la región Lambayeque que pertenece a la provincia de Ferreñafe.

A pesar de eso, ésta no era una región desconocida para mí. Por el contrario, era una zona que yo había conocido bastante bien en una serie de viajes, como parte de un antiguo convenio entre la municipalidad del distrito de Inkawasi y la universidad de la que yo era casi egresante.

De eso ya habían pasado más de 11 años. Desde aquel tiempo hasta hoy, el estado de los accesos – que yo sepa – no había cambiado mucho. Eso equivale a decir, que eran más que dificultosos, y el transporte público escaso y de mala calidad.

 Año 2004, quizá 2005. 

Éramos una vez dos estudiantes de comunicaciones. Caminábamos días enteros por las laderas, punas, valles y quebradas, equipados con una cámara de video VHS M3000, que si bien no era de las más modernas o sofisticadas del mercado, constituía todo un reto para operar, transportar y cuidar exitosamente recorriendo caminos agrestes a pie, trepando, en mula, camioneta o cualquier vehículo que nos permitía movernos entre las montañas. Más valía que nos lesionemos nosotros, antes que la única herramienta de registro audiovisual que disponíamos. Y así, acumulamos muchas horas de grabación en las cintas grises de VHS  – hoy en desuso – protegidas por cassettes negros.

Y pensar que mi compañera de clase y yo, protagonistas de esas casi épicas pero inolvidables caminatas, nunca le dimos uso realmente significativo al material producto de esos enormes esfuerzos. Eso sí, lo que vieron nuestros ojos y quedó registrado en nuestra memoria, seguramente nos marcó de por vida.

Habíamos recorrido una enorme cantidad de caseríos, comunidades y parajes desde las mismas cumbres en las que nacen los ríos, en las frías punas lambayecanas (que muy pocos conocen), pasando por la capital del distrito y visitando también las zonas bajas y templadas.

En esas últimas, que no pudimos conocer tan exhaustivamente por ser una región “de paso” y estar lejanas a la capital distrital, se encontraba la zona reservada, en la que había un pequeño control cerca de la comunidad San Antonio de Laquipampa.

Un día pudimos por fin detenernos a explorar y contar con el apoyo de un guía local. Después de un breve registro, recorrimos un camino fantástico ascendiendo, primero entre chacras y campos cultivados. Luego por bosques tupidos y de algarrobos y otros árboles no tan grandes, en los que no cruzamos con nadie.

Vimos cascadas bonitas, vegetación de esa zona cálida de montaña y otros pequeños hábitats en los que la vida abundaba y verdeaba a causa de la abundancia de agua fresca y muy limpia, que bajaba de los cerros estancándose en pozas y formando pequeñas pero torrentosas cascadas.

Casi al final de un ascenso de varias horas, llegamos a un lugar en el que no recuerdo jamás haber visto tantos cactus de san pedro juntos: era ni más ni menos que un bosque de esta especie, y justo cerca de la cima de una montaña muy empinada y lejana. Una visión quizá premonitoria.

Muy cerca de ahí, en unas formaciones rocosas que simulaban cavidades en las montañas, se escondían pequeños mausoleos de barro que albergaban restos óseos y momias de ancestros centenarios, o quizá milenarios. La impresión fue inolvidable y el esfuerzo también.

Una tarde de esas, y contra todo pronóstico, pudimos ver también pavas aliblancas, especie que recién estaba repoblando esta zona luego de considerarse extinta durante casi un siglo entero.

Muy cerca de ahí, las cascadas que describí, que llaman Lajas, habían sido luego visitadas regularmente por expediciones de estudiantes que habían hecho famoso el lugar en los tabloides chiclayanos. Lamentablemente, no por la belleza del lugar, sino por algunos accidentes fatales que habían acabado abruptamente con vidas jóvenes y prometedoras, en medio de los remolinos y las fuertes corrientes de sus aguas.

 

Semana Santa. 2016.

Pese a que los recuerdos prometían un contacto con la naturaleza especialmente poderoso, se me hacía lejano e improbable para una pequeña escapada de fin de semana. Pero el lugar que nos proponían no estaba exactamente entre los que yo había tenido el privilegio de conocer.

El plan por semana santa, era no hacer mucho, o quizá nada. Personalmente, evitaba viajar o ir de paseo en fechas festivas como semana santa o fiestas patrias, ya que me estresaba la sola idea de encontrar un lugar para el disfrute contemplativo, lleno de turistas ruidosos que no pararan de hacer – precisamente –  ruido, comentarios tontos o de tomarse fotos. Bueno, okei, a veces hacíamos lo mismo con nuestro grupo de amigos, pero no todo el tiempo…

En todo caso, prefería evitar destinos muy frecuentados, accesibles y publicitados por ser los primeros lugares en recibir una inmensa afluencia de turistas, lo cual pese a tener un lado muy bueno para quienes se dedican al rubro, me resultaba insufrible a mí que prefería mil veces la calma de un lugar apartado, en el cual poder compartir solo con familia, unas pocas personas de paso, o amigos cercanos.

Así que, nos fuimos.

El primer viaje

El primer viaje inició en Chiclayo, con previo desayuno al paso de quinua con maca en el paradero de la avenida nombrada en honor al argentino Roque Sáenz Peña. En esa mañana soleada, la combi llena de pasajeros avanzó rápido por una pista asfaltada, primero entre basurales de los suburbios, y luego ya por fin lejos de la ciudad, entre arrozales, molinos, huacas, cañaverales y casas de adobes.

A solo 20 minutos más, llegábamos a Ferreñafe, capital de la provincia de ese mismo nombre.

Un rústico terminal en la capital de la provincia fue la primera parada para cambiar de vehículo. La hora avanza y el sol ya empieza a quemar sin estar tan alto aún en el cielo.

Ahora una combi grande, de conductor intrépido, desafía las curvas de una carretera cuyo asfalto se termina a poco más de una hora de haber salido del pueblo con rumbo hacia las alturas lambayecanas.

Pítipo, Batán Grande, Motupillo, Mochumi Viejo, La Traposa, Mayascón, El Algarrobito, son nombres en letreros que anuncian lugares que van quedando atrás. Al igual que las pampas, los típicos bosques de algarrobos y las cañas de azúcar en flor. Los terrenos planos dan paso a cerros y laderas esculpidas por  – acaso – millones de años del discurrir a veces lento y otras violento de un curso de agua que ahora llamamos La Leche.

La Leche es el nombre del río que, de lejos es protagonista de esta parte del viaje, en su antiguo pacto con las montañas que esculpe con paciencia y suavidad, dando lugar a variedad de formas y paisajes, paredes de roca impresionantes, cañones estrechos, valles profundos, rápidos y también pozas que en ciertas épocas del año muestran un fondo pedregoso en su transparencia.

Casi 150 minutos después de salir de la ciudad, en un pueblo pequeño y sin letreros llamado Puchaca Alto, descendimos del transporte 5 pasajeros, justo cuando el calor del día agobiaba más.

Cruzamos un puente sobre el río, recibiendo a varios metros sobre el cauce una fresca ráfaga de viento que apenas y nos preparaba para un esfuerzo que resultó intenso por el calor de la zona y el sol sobre nosotros.

En casi una hora, tomando la otra margen del río, y siguiendo un camino de piedras y tierra sin sombra que atravesaba pequeñas elevaciones, campos de arroz y maíz, llegamos a la comunidad de Puchaca Bajo.

Puchaca Bajo es un conjunto de casas pequeñas de adobe con techos de calamina y eternit, alrededor de lo que podría ser una plaza pero cuyo únicos ornamentos eran dos arcos de fútbol de caña guayaquil en los extremos.

Aquí no hay monumentos, placas, asfalto ni cemento, ni veredas ni pistas. Pese a ello, el pasto natural y el verdor de los cerros alrededor de la comunidad en aquella época del año, mostraban un conjunto bastante armonioso.

Este poblado ofrecía mucha tranquilidad, pocas personas y muy amables, comida simple, sana y agradable, ideal para reponer fuerzas. Un guía ofrece llevarnos hasta la Piedra Lisa. Está identificado con un chaleco y en su casa, en la que también ofrece prepararnos el almuerzo, se lee un banner de la “Asociación de guardaparques voluntarios de Puchaca Bajo”.

Bajo una ramada afuera de la casa, tuvimos un obligado descanso y comida previa, antes de  reemprender la marcha. Con cierta culpa, aceptamos y cargamos una mula que ofreció nuestro guía para aligerar nuestro equipaje de acampada.

Sabíamos que por el declive que observábamos en el terreno, la temperatura cálida del clima de esta zona, y lo tupida de la vegetación – como corresponde a un área protegida – se nos venía lo más bravo. Pero también lo mejor.

Solo tres personas encontramos en el camino, de una familia que emprendía el retorno después de pasear por allí.

Chakra Bike, un grupo de ciclistas chiclayanos que organizan viajes interesantes revalorando el uso de este medio de transporte y sus beneficios, habían estado ahí pero nos habíamos cruzado ya con ellos antes de llegar a Puchaca Bajo, mientras emprendían el retorno a la ciudad.

Parecía mentira pero no hubiera podido salir mejor. Felizmente, nadie más había pensado en venir hasta aquí  – o quizá lo habían pensado y no lo habían hecho. Nosotros sí. Lo habíamos logrado y ahí estábamos. Solos allí. Los únicos.

Un grupo disímil de cinco. Algunos amigos de toda la vida. Otros desconocidos entre sí. Pero sí con cosas, personas y circunstancias en común, y sobre todo esa extraña irresistible atracción que en algunos seres humanos descubrimos por lugares como este.

Así fue la subida por la quebrada llamada Negrawasi. Casi dos horas entre árboles medianos y espinosos, cactus, pequeños cursos de agua, flores raras y bonitas, cantos de aves. Un sol que no tuvo piedad y mucho aire con olor a campo, cálido pero puro.

La Piedra Lisa

El viaje terminó en medio del ascenso de la montaña, cuando bajo la vegetación y en el curso de la quebrada que refrescaba suavemente la cálida tarde empezó a dejar ver parte de una roca que no terminaba nunca…el megalito más impresionante que mis ojos hayan visto.

Y no por ser el más grande. Sino por su ubicación, en medio de ese refugio natural, a mitad de un bosque en la montaña, bajo una quebrada escondida que alimentaba más abajo y a lo lejos el cauce saltarín y torrentoso del río La Leche.

Según nuestro guía, una sola gran piedra de 500 metros cuadrados, que aparecían y desaparecían cubiertos por vegetación, árboles, cactus y arbustos.

Apenas más arriba, desde una especie de mirador o saliente, y al lado de un hermoso e imponente árbol de palo santo, se podía ver toda una panorámica de esta parte del valle. Y los bosques cubriendo las montañas que lo rodeaban. Sencillamente imponente.

Apenas debajo de nosotros, el agua formaba pozas redondas y cóncavas, como tinas que invitaban a un baño fresco pero imperdible. Así vimos los últimos colores del cielo en esa tarde que acabó  – para los que estábamos ahí – en el lugar perfecto.

 

El otro viaje

Otro viaje tuvo lugar también allí, en donde nuestros pasos se detuvieron y nuestros cuerpos se relajaron y quedaron limpios al contacto con el agua cristalina y los aromas del monte. La luz del día se marchó, pero dio lugar a una intensa comunión en torno al fuego. Con nosotros mismos, nuestras historias, con el lugar, las montañas, las aguas, la luna y las estrellas.

Al atardecer, preparamos la bebida para nuestro único brindis de la noche. Preferíamos una experiencia así a terminar ebrios de alcohol en la noche de la montaña. Entonces, la sensación poderosa de estar ahí, lejos de todo, por momentos sin ninguna excusa para escapar de lo que más nos dolía o nos atemorizaba, se atenuó con la reconfortante sensación de comunidad alrededor de una fogata que calentó y alumbró muy bien esa noche. Hasta que, pasada la medianoche, asomó la luna llena.

Y cuando el sabor amargo se disipó, nos encontró en paz. Sintiendo el poder de la tierra tendidos sobre la piedra lisa, bajo la luz de una luna que una vez que reinó en el cielo, no se reservó nada para esta ocasión.

Algunos prefirieron ni usar las carpas que instalamos al llegar sobre una piedra enorme casi perfectamente plana. Durmieron a la intemperie disfrutando la fogata y la luna, y el sonido de las aguas sobre la piedra lisa.

 El retorno

Apenas despertamos, nos sumergimos de nuevo en las aguas frías y transparentes. Aunque esta sea una expresión trillada, fue como volver a nacer. Y es más, creo que en la vida todos deberíamos tener un poco más de esas ocasiones en las que sentimos que renacemos.

Disfrutamos buena parte del día de las pozas. Incluso sin darnos cuenta que el sol pegaba más fuerte de lo que acostumbrábamos, calcinándonos la piel.

Hervimos agua, de la forma más torpe que pudimos y con los pocos utensilios que llevamos y acopiamos. Resultó tener un fuerte sabor ahumado, pero se convirtió en un tesoro para el viaje de retorno.

Finalmente, un camión nos recogió. De pie a algunos, y otros sentados en una enorme llanta camionera que llevaban en la tolva.

Y así, compartiendo espacio con campesinos, sus cosechas, un grupo eclesiástico de jóvenes cantarines y otros pasajeros que subieron y bajaron de igual forma en los muchos pueblos que recorrimos, llegamos a Chiclayo ya avanzada la noche.

Compartimos fotos. Creamos un grupo en whatssapp, como manda la moda del vicio tecnológico. Muchas veces volvimos a mencionar el viaje con la idea de repetirlo.

Por supuesto, todavía estoy deseando volver, aunque falte tanto por conocer.

Cómo llegar:

  • Desde Chiclayo, primero hay que tomar la vía hacia Ferreñafe, a 20 minutos de camino por vía asfaltada.
  • A partir de la localidad de Batán Grande, es preciso tomar el desvío correcto hacia el valle del río La Leche, con dirección a Incahuasi.
  • Dos horas y media de viaje aproximadamente, es lo que toma llegar desde Ferreñafe por carretera hasta la comunidad de Puchaca Alto.
  • La vía es asfaltada se prolonga hasta aproximadamente 1 hora después de salir de Ferreñafe. En adelante, la vía es afirmada y su estado regular.
  • Desde la comunidad de Puchaca Alto, hay que tomar un camino que todavía es carrozable y que luego de 15 minutos llevará a la comunidad de Puchaca Bajo. Este tramo también se puede hacer caminando por alrededor de una hora.
  • De ahí en adelante solo se puede seguir a pie en un camino de herradura que asciende hasta la formación rocosa de “La Piedra Lisa” a casi dos horas, con sus respectivos – y necesarios – descansos.  Este trayecto debe realizarse contando con el servicio de guía local.
  • Usando transporte público. Hay que desplazarse primero hasta Ferreñafe, ya sea en auto – colectivo o en combi. Desde ahí tomar las combis que llegan hasta San Antonio de Laquipampa, Moyán o Incahuasi. Indicar que va a ir solamente hasta la comunidad de Puchaca Alto.

Los infaltables:

  • Agua pura. Agenciarse de alguna herramienta para filtrar o hervir el agua para poder beber, ya que abunda en la quebrada y es de excelente calidad y pureza. De esa forma evitamos también acarrear un peso excesivo en el camino de subida.
  • Guías locales. Imprescindibles, apoyando de esta forma también a una comunidad que promueve el turismo sostenible. Es importante establecer una comunicación previa a través de la Asociación de Guardaparques Voluntarios de Puchaca Bajo. Este contacto puede ser facilitado por el MINAM (Ministerio del Ambiente) a través del Refugio de Vida Silvestre Laquipampa, con oficinas en la ciudad de Chiclayo.
  • Colchonetas inflables o aislantes de muy buena calidad. Esto es importante, ya que en el sitio al que referimos, hay pocos lugares propicios para acampar fuera del suelo de roca dura, que corresponde a la misma “Piedra Lisa”.
  • Puede que parezca que está de más decirlo, pero no es posible dejar de escribir una línea para decir y recordar que, si llegas a tener el privilegio de estar en este templo de la naturaleza, no dejes ningún tipo de desperdicio. Muy especialmente si no es biodegradable.

Refugio de Vida Silvestre Laquipampa

  • 8 328,64 hectáreas es la extensión total de esta área natural protegida por el estado, creada como tal el 07 de julio del 2006, mediante Decreto Supremo Nº045-2006-A
  • Pese a ello, el área ya estaba protegida desde 1982 como Zona reservada de Laquipampa.
  • Laquipampa significa en quechua: pampa de los llantos.
  • Se extiende desde el valle del río La Leche (200 m.s.n.mm) hasta los 2,500 m.s.n.m. y es el sitio ideal para observar a la pava aliblanca (Penelope albipennis), así como al oso de anteojos (Tremarctos ornatus) en su hábitat silvestre
  • Es una sucesión vegetal de bosque seco a bosque húmedo desde los 200 hasta los 2,500 m.s.n.m. El hábitat principal es la formación vegetal “Bosque seco de colinas”.
  • Para la observación de aves. Los principales registros son: la pava aliblanca, la paloma ventriocrácea (Leptotila ochraceiventris), el pitajo de Piura (Ochthoeca piurae), el rascahojas capuchirrufo (Hylocryptus erythrocephalus), la pava parda (Penelope barbata), el limpia–follaje cuellirrufo (Syndactyla ruficollis), el mosquerito pechigris (Lathrotriccus griseipectus), el semillero azul (Amaurospiza concolor) y el cóndor andino (Vultur gryphus).
  • La pava aliblanca, especie que se pensó extinta durante un siglo entero hasta su re – descubrimiento en 1977, juega un rol importante como facilitador de la propagación de especies vegetales de su entorno, así como indicador de la calidad de los ecosistemas donde habita.
  • En Lajas (800 msnm) ubicado a unos tres kilómetros al oeste de Laquipampa, se encuentra la zona de avistamiento de la pava aliblanca. Con suerte se les puede observar a partir de las 5:30 hasta las 8 de la mañana y por las tarde de 4 a 6:30
  • Entre otros mamíferos, destaca el oso de anteojos, el venado de cola blanca (Odocoileus virginianus), el oso hormiguero (Tamandua tetradactyla) y la ardilla nuca blanca (Sciurus stramineus).
  • Por otro lado, se reporta la presencia de 17 reptiles y de dos anfibios. Una de las especies de anfibios fue descubierta para el mundo entero por el Herpetólogo Pablo Venegas. La nueva especie de rana pertenece al género Eleutherodactylus y posiblemente reciba el nombre de laquipampensis en alusión al único lugar en el planeta, hasta el momento, en donde se le ha encontrado.
  • Respecto a la flora. En el bosque seco encontramos una enorme población de Palo Santo (Bursera graveolens), así como Hualtaco (Loxopterygium huasango) y Pasallo (Eriotheca discolor). El “Bosque seco de altura” (quebrada Shambo), es mucho más húmedo que el anterior. En esta área protegida también hay especies frutales como la ahora cada vez más famosa “pitajalla” y la chirimoya; y plantas medicinales como el overo y la flor blanca.
  • En el interior de la reserva también hay petroglifos y representaciones iconográficas de espirales, cruces y otras figuras difíciles de definir, están plasmadas en una gran roca. Estos vestigios aún no han sido estudiados. Por el estilo de las representaciones corresponderían a los orígenes de las civilizaciones andinas o periodo formativo entre los 1,000 a 800años a.C. muy relacionado a la fase de Pacopampa (sierra norte) y Cupisnique(costa norte)

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Laquipampa y Piedra Lisa en internet y las redes 

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2 pensamientos sobre “La Piedra Lisa y el viaje que empezó en donde terminó

    1. ecoprensa Autor

      genial gracias por visitarnos! nos alegra que te haya sido útil…si puedes compártelo para que las personas que conoces sepan un poco más de este hermoso rincón ferreñafano 😀

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